Hoy no supe qué escribir. Me desperté con la consciencia en blanco y la mente en negro. Las junté y brotaron ideas grises que jamás voy a entender. Pero me gustó lo que salió y por eso con orgullo les doy la bienvenida a su Frankenstein favorito: Pequeños relatos al olvido de internet.

Sad Satan: el peligroso y extraño juego de la Deep Web que se hizo VIRAL -  Imperio Noticias

Del ático al sótano

Amigos. Compañeros. Conocidos. Nunca me he considerado bueno con las relaciones interpersonales. Sobre todo cuando toda tu vida has crecido en un ambiente intoxicante donde el día a día es un periodo de supervivencia con tu familia. Aguantas los gritos, los golpes y los reclamos que para este punto son lo que llamarías una mañana como cualquiera. Luego llegas a tu escuela y piensas que lo peor ya pasó solo para ser bienvenido con miradas que te acribillan por tu llegada tarde. Aún así estás acostumbrado y solo tomas tu asiento esperando que las ocho horas de tu existencia como estudiante acaben y puedas tener un espacio de 20 minutos libres mientras caminas de regreso a tu casa.

Pero antes de siquiera tener un minuto de paz, los insultos comienzan en el aula, y nuevamente, guardas los alaridos, la ira, la desesperación y las lágrimas porque la última vez tus signos de debilidad fueron la leña que avivó el fuego por tres meses más.

Tienes tres recesos de 10 minutos en esas ocho horas y tu único analgésico social son ese grupo de personas que son tratadas como tú. Los rotos, los relegados, los rechazados y alienados porque en esta etapa de la vida descubres lo horrendas que pueden llegar a ser las personas.

Lo peor del asunto es que sabes que tú eres el último eslabón en la cadena e incluso entre relegados eres al de hasta abajo. En ocasiones ni tus amigos parecen amigos. Y no te queda de otra más que fingir los labios con la sonrisa siempre en alto.

Lo has intentado y por más que te esfuerces no encajas del todo bien en algún grupo. Tienes características que te vuelven una abominación ante la sociedad, algo que no vive ni muere, algo que solo es. Porque un día eres A y al siguiente B, pero con algo de simpatía te transformas en C y logras pasar por todo el alfabeto sin quedarte quieto. Dudas de ti mismo y al final del día no sabes quién es quién, el cómo, ni el por qué.

Como si no fuera suficiente, solo observas, miras, te alimentas de las experiencias ajenas y las moldeas en tu mente como si fueran tuyas. Sueñas despierto y comienzas a manipular tu realidad mental. Alguien llega y te interrumpe sin saberlo. Son tus amigos, a quienes nunca comprendes del todo porque hay algo que no compila, un lenguaje corporal y verbal que no llegas a entender y tu falta de empatía ante ellos te aleja con más fuerza. No entiendes porque no quieras, no entiendes porque no puedes por más que lo intentas.

Te aíslas de todo para crear tu burbuja de espectador, ves la obra y crees que así podrán comprender mejor las cosas. Pero solo te percatas de la entropía que es el mundo. En un sistema aislado, la entropía solo puede crecer. Y por más atención que pongas nada tiene sentido nato. Todo es un caos que nadie está dispuesto a admitir por temor a su sanidad. Todos creen saber quién es capitán de su barco de vida, quién lleva el timón y hacia donde van basados en las experiencias que viven. Pero absolutamente nadie desea ver el caos que indica que no hay un capitán o una tripulación. Solo un barco, tú, en un mar salvaje que no tiene patrón de oleaje.

Al final del día lo logras. Sobrevives las ocho horas, regresas a casa y por lo que parece un segundo, te ves en tercera persona. Y solo te quedas mirando al suelo, al techo, a los opuestos blancos y negros…

¿De qué trataba este texto?

Las tenebrosas intervenciones de Trevor Henderson

Encontrar no es tan difícil, pues el tesoro se halla donde luz no haya. Y las escrituras juegan sin reglas ni algarabías, pues nunca han tenido categoría.

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