Mezclando dos formatos que he venido manejando, aquí yace el producto de mi naturaleza. Mi mente, mi genio y mi locura son algunas cosas que reposan en el fondo de este texto a la razón irracional. Por primera vez, bienvenidos a esta pequeña carta al gran olvido.

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La Revuelta de A

Bueno, malo; ¿quién decide? Verás, no es con tu filosofía con la que tengo problemas, es tu interpretación de ella la que hace dolorosa esta epístola.

Maldices la moral de la muerte, la moral de la maldad. Partiendo de la realidad como una línea cuyos únicos extremos son aquellos visibles y tangibles para el alma. Introduces el altruismo como aquél demonio que siempre susurra por las noches en eventos sociales. Marcas la nobleza de esa ideología, pero su poca practicidad. Dime, ¿qué tan práctico es aquél caníbal que señala con el dedo flamígero a su raza sin darse cuenta de que él es otro caníbal más?

Para ti que ves en blancos y negros, que piensas que A es A y el hombre es el hombre, ¿qué hay detrás del vulgo popular que cada quién tiene por formación y creación? O naces y te formas como un Dios o te integras a los saqueadores de tu amada realidad.

Hiciste cosas buenas, no te niego nada. Tan solo pienso que al igual que él tus ideas están bastante limitadas. Caes en la contradicción la cual juraste jamás besar con tus labios de libertad. Ofreces el cielo tan solo a los bendecidos con razón y lógica matemática.

Y sí, te entiendo, lo que es es y lo que no es, no es. No podemos comer el pastel y conservarlo a la vez. Te lo concedo, soy egoísta, lo amo y me encanta. Y sí, juro por mi vida y mi amor hacia ella que no voy a vivir para nadie ni obligaré a nadie a vivir por mi. Pero tampoco podemos derrumbarnos a lo absoluto. No podemos ceder por completo ante algo, ante alguien. Ante esa pasión irracional que nos nubla la vista de la verdad, negar lo objetivo del mundo.

Bueno, malo ¿quién decide? Nosotros por supuesto. Somos aquél medio que te niegas a ver, somos la practicidad misma puesto que la existencia nuestra es innegable, involuntaria y objetiva. Llenamos aquellos huecos inexistentes para ti, nos metimos al espectro entero de la vida. Razón y emoción. Jamás una sin lo colateral de la otra.

Porque dime, ¿Qué tan bueno puede ser el cielo si la luz es tan brillante que lacera? ¿Qué tan malo el infierno si se castiga a los inmorales? Nacemos, crecemos y nos formamos. Somos obligados a actuar mediante nuestra razón pues es ella la que nos sirve para interpretar la realidad. De igual manera nacemos con la inherencia de ser curiosos sin medir las consecuencias, es esa creatividad que no puede medirse en límites, códigos penales, regulaciones o tratados de filosofía. En ese sentido sí, A es A. pero no la misma A. Una A diferente que puede tener tipografías, tamaños y estilos. Podrá tener la misma esencia, pero somos nosotros quienes en realidad podemos cambiar esa naturaleza, cambiar la forma de A y cambiar nuestro pensamiento.

Ni dioses ni reyes, solo el hombre, ni fe ni razón solo el hombre, ni bien ni mal, solo acciones, solo el hombre, ni ganar o perder o matar o morir. No es una jungla, no es salvajismo silvestre, es sociedad, el punto medio, la fluctuación forjada por el hombre y sus convicciones.

Eso que tu llamas idealista e imposible, que no sirve, que es vicioso y por ende carece de virtud pues no tiene alma que lo maneje, es la realidad objetiva. Es esa columna vertebral en la cual te jactas al profesar el egoísmo. ¿Egoísmo? ¿para quién?

Interpreta con base en tus valores, no trates como quieras ser tratado, trátame conforme te sea conveniente, pues al final no soy yo quien va a juzgarte. ¿Me ves como el malo? ¿Me ves como el bueno? Me parece perfecto, mírame pero que sea con tus ojos y tus virtudes. Con tu razón y tus defectos. Mírame y juzga lo que más se ajuste a tus gafas corporales. Al final del día tú serás el que cargue con las cadenas que te impones.

Lucha, sírvete a ti como juez y verdugo. Decide y no culpes, pero no intentes encasillarte en lo blanco o negro. Explóralos, pero no vivas ahí pues una vida así sería realmente la antivida que profesas. Defiende tus convicciones y sé abierto con ellas. Porque, en conclusión de todo, solo podemos reconocer que no tenemos obligaciones hacia nadie excepto respetar su libertad para que ejerzan su voluntad divina a vivir.

Estoy contigo, llámame egoísta porque hasta cierto punto es cierto. Llámame saqueador, llámame Dios, soy solo un hombre, una persona, una contradicción andante, y eso es lo único de lo que estoy seguro puedo llamar objetivo.

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